Actividad 16 de abril
Repasamos y releemos el texto: “Las medias de los
flamencos” de Horacio Quiroga
(Leemos para
sí mismo o escuchamos leer a un familiar)
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Las medias de los flamencos Horacio Quiroga Cierta vez las
víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y a los sapos, a los
flamencos, y a los yacarés y a los pescados. Los pescados, como no caminan,
no pudieron bailar; pero siendo el baile a la orilla del río los pescados
estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola. Los yacarés, para
adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de bananas, y
fumaban cigarros paraguayos. Los sapos se habían pegado escamas de pescado en
todo el cuerpo, y caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada vez que
pasaban muy serios por la orilla del río, los pescados les gritaban
haciéndoles burla. Las ranas se habían
perfumado todo el cuerpo, y caminaban en dos pies. Además, cada una llevaba
colgada, como un farolito, una luciérnaga que se balanceaba. Pero las que
estaban hermosísimas eran las víboras. Todas, sin excepción, estaban vestidas
con traje de bailarina, del mismo color de cada víbora. Las víboras coloradas
llevaban una pollerita de tul colorado; las verdes, una de tul verde; las
amarillas, otra de tul amarillo; y las yararás, una pollerita de tul gris pintada
con rayas de polvo de ladrillo y ceniza, porque así es el color de las
yararás. Y las más
espléndidas de todas eran las víboras de coral, que estaban vestidas con
larguísimas gasas rojas, blancas y negras, y bailaban como serpentinas.
Cuando las víboras danzaban y daban vueltas apoyadas en la punta de la cola,
todos los invitados aplaudían como locos. Sólo los flamencos,
que entonces tenían las patas blancas, y tienen ahora como antes la nariz muy
gruesa y torcida, solo los flamencos estaban tristes, porque como tienen muy
poca inteligencia, no habían sabido cómo adornarse. Envidiaban el traje de
todos, y sobre todo el de las víboras de coral. Cada vez que una víbora
pasaba por delante de ellos, coqueteando y haciendo ondular las gasas de
serpentinas, los flamencos se morían de envidia. Un flamenco dijo
entonces: –Yo sé lo que vamos
a hacer. Vamos a ponernos medias coloradas, blancas y negras, y las víboras
de coral se van a enamorar de nosotros. Y levantando todos
juntos el vuelo, cruzaron el río y fueron a golpear en un almacén del pueblo. –¡Tan-tan! –pegaron
con las patas. –¿Quién es?
–respondió el almacenero. –Somos los
flamencos. ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras? –No, no hay
–contestó el almacenero–. ¿Están locos? En ninguna parte van a encontrar
medias así. Los flamencos
fueron entonces a otro almacén. –¡Tan-tan! ¿Tienes
medias coloradas, blancas y negras? El almacenero
contestó: –¿Cómo dice?
¿Coloradas, blancas y negras? No hay medias así en ninguna parte. Ustedes
están locos. ¿Quiénes son? –Somos los
flamencos –respondieron ellos. Y el hombre dijo: –Entonces son con
seguridad flamencos locos. Fueron a otro
almacén. –¡Tan-tan! ¿Tienes
medias coloradas, blancas y negras? El almacenero
gritó: –¿De qué color?
¿Coloradas, blancas y negras? Solamente a pájaros narigudos como ustedes se
les ocurre pedir medias así. ¡Váyanse enseguida! Y el hombre los
echó con la escoba. Los flamencos
recorrieron así todos los almacenes, y de todas partes los echaban por locos.
Entonces un tatú, que había ido a tomar agua al río, se quiso burlar de los
flamencos y les dijo, haciéndoles un gran saludo: –¡Buenas noches,
señores flamencos! Yo sé lo que ustedes buscan. No van a encontrar medias así
en ningún almacén. Tal vez haya en Buenos Aires, pero tendrán que pedirlas
por encomienda postal. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pídanselas, y
ella les va a dar las medias coloradas, blancas y negras. Los flamencos le
dieron las gracias, y se fueron volando a la cueva de la lechuza. Y le
dijeron: –¡Buenas noches, lechuza!
Venimos a pedirte las medias coloradas, blancas y negras. Hoy es el gran
baile de las víboras, y si nos ponemos esas medias, las víboras de coral se
van a enamorar de nosotros. –¡Con mucho gusto!
–respondió la lechuza–. Esperen un segundo, y vuelvo enseguida. Y echando a volar,
dejó solos a los flamencos; y al rato volvió con las medias. Pero no eran
medias, sino cueros de víboras de coral, lindísimos cueros recién sacados a
las víboras que la lechuza había cazado. –Aquí están las
medias –les dijo la lechuza–. No se preocupen de nada, sino de una sola cosa:
bailen toda la noche, bailen sin parar un momento, bailen de costado, de
pico, de cabeza, como ustedes quieran; pero no paren un momento, porque en
vez de bailar van entonces a llorar. Pero los flamencos,
como son tan tontos, no comprendían bien qué gran peligro había para ellos en
eso, y locos de alegría se pusieron los cueros de las víboras de coral, como
medias, metiendo las patas dentro de los cueros, que eran como tubos. Y muy
contentos se fueron volando al baile. Cuando vieron a los
flamencos con sus hermosísimas medias, todos les tuvieron envidia. Las
víboras querían bailar con ellos, únicamente, y como los flamencos no dejaban
un instante de mover las patas, las víboras no podían ver bien de qué estaban
hechas aquellas preciosas medias. Pero poco a poco,
sin embargo, las víboras comenzaron a desconfiar. Cuando los flamencos
pasaban bailando al lado de ellas se agachaban hasta el suelo para ver bien. Las víboras de
coral, sobre todo, estaban muy inquietas. No apartaban la vista de las
medias, y se agachaban también tratando de tocar con la lengua las patas de
los flamencos, porque la lengua de las víboras es como la mano de las
personas. Pero los flamencos bailaban y bailaban sin cesar, aunque estaban
cansadísimos y ya no podían más. Las víboras de
coral, que conocieron esto, pidieron enseguida a las ranas sus farolitos, que
eran bichitos de luz, y esperaron todas juntas a que los flamencos se cayeran
de cansados. Efectivamente, un
minuto después, un flamenco, que ya no podía más, tropezó con el cigarro de
un yacaré, se tambaleó y cayó de costado. Enseguida las víboras de coral
corrieron con sus farolitos, y alumbraron bien las patas del flamenco. Y
vieron qué eran aquellas medias, y lanzaron un silbido que se oyó desde la
otra orilla del Paraná. –¡No son medias!
–gritaron las víboras–. ¡Sabemos lo que es! ¡Nos han engañado! ¡Los flamencos
han matado a nuestras hermanas y se han puesto sus cueros como medias! ¡Las
medias que tienen son de víboras de coral! Al oír esto, los
flamencos, llenos de miedo porque estaban descubiertos, quisieron volar; pero
estaban tan cansados que no pudieron levantar una sola pata. Entonces las
víboras de coral se lanzaron sobre ellos, y enroscándose en sus patas les
deshicieron a mordiscos las medias. Les arrancaron las medias a pedazos,
enfurecidas, y les mordían también las patas, para que murieran. Los flamencos,
locos de dolor, saltaban de un lado para otro, sin que las víboras de coral
se desenroscaran de sus patas. Hasta que al fin, viendo que ya no quedaba un
solo pedazo de media, las víboras los dejaron libres, cansadas y arreglándose
las gasas de sus trajes de baile. Además, las víboras
de coral estaban seguras de que los flamencos iban a morir, porque la mitad,
por lo menos, de las víboras de coral que los habían mordido eran venenosas. Pero los flamencos
no murieron. Corrieron a echarse al agua, sintiendo un grandísimo dolor.
Gritaban de dolor, y sus patas, que eran blancas, estaban entonces coloradas
por el veneno de las víboras. Pasaron días y días y siempre sentían terrible
ardor en las patas, y las tenían siempre de color de sangre, porque estaban
envenenadas. Hace de esto
muchísimo tiempo. Y ahora todavía están los flamencos casi todo el día con
sus patas coloradas metidas en el agua, tratando de calmar el ardor que
sienten en ellas. A veces se apartan
de la orilla, y dan unos pasos por tierra, para ver cómo se hallan. Pero los
dolores del veneno vuelven enseguida, y corren a meterse en el agua. A veces
el ardor que sienten es tan grande, que encogen una pata y quedan así horas
enteras, porque no pueden estirarla. Esta es la historia
de los flamencos, que antes tenían las patas blancas y ahora las tienen
coloradas. Todos los pescados saben por qué es, y se burlan de ellos. Pero
los flamencos, mientras se curan en el agua, no pierden ocasión de vengarse,
comiendo a cuanto pescadito se acerca demasiado a burlarse de ellos. |
Actividad:
Relaten
oralmente a un familiar el final de la historia.
Escriban con
sus palabras el final de la historia, según lo leído y conversado.
1-
Elijan uno de estos momentos e inventen, a
partir de allí, otro final para la historia:
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“Cuando
vieron a los flamencos con sus hermosísimas medias, todos les tuvieron
envidia...” |
|
“— ¡No son medias! —gritaron
las víboras... |
Una vez
finalizada la actividad enviarla para corrección a los siguientes correos:
5to 1ra deberá
enviársela al profe Carlos: profecarlos2021ep23@gmail.com
5to 2da
deberá enviársela a la profe Pao: correoprofepao2020@gmail.com
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